La primera vez que oír hablar de las bondades del crecimiento respecto a la Bolsa, como inductor de mejores registros empresariales y animador del empleo y del consumo, o sea, una combinación perfecta, fue a Miguel Boyer a principio de los 80, cuando era Ministro de Economía y de Hacienda. Las cuentas públicas y privadas de la España de entonces eran flacas, porque aún arrastraban el peso de la gran crisis energética que en nuestro país duró más de 10 años. La Bolsa era en aquella época un muro de llanto y de lamentaciones en el que sólo la mano del Banco de España, con intervenciones directas, lograba restañar algunas heridas. Llegó en el albor de los 80 el mejor tono económico y se acabó el intervencionismo. Con él se apareó la demanda extranjera. La Bolsa comenzó a volar hasta el descalabro de octubre de 1987. Pero el viaje por las nubes duró mucho tiempo y reparó miles de pérdidas. Nació otra Bolsa.
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